LA PRÁCTICA ANALÍTICA
En la experiencia analítica actual, en donde la apertura del inconsciente no está garantizada, o donde las subjetividades, más bien, están desabonadas del inconsciente, cobra mayor vigencia la interrogación por el síntoma como orientación de la práctica. En esa vía, en esta sección presentamos textos que abordan cuestiones cruciales, por una parte, sobre cómo opera el psicoanálisis para hacer trabajar el síntoma en el contexto de la relación transferencial, y por otra, lo que las psicosis nos enseñan.
La primera parte recoge algunos textos producidos en el contexto del Encuentro clínico “El síntoma, brújula en la práctica analítica”, que contó con la participación de Marcela Almanza, AE 2022-2025. Los textos de la segunda parte, se presentaron en el PEP Programa de Estudios sobre las Psicosis, que en esta ocasión se centró en el estudio de la paranoia.
1. ¿QUÉ ES EL SÍNTOMA EN LA PRÁCTICA ANALÍTICA?
DEL DESCIFRAR UN SÍNTOMA, A LEER UN SÍNTOMA*
MÓNICA PATRICIA LARRAHONDO**
“…esta práctica [psicoanalítica] que no es más completamente, o quizás de ningún modo, la de Freud”.[1]
Freud inaugura su práctica clínica a partir de la lectura que él hacía de síntomas que carecían de explicación médica. A diferencia de sus colegas, Freud les supondría a estos síntomas un sentido oculto que debía ser descifrado. Más que “leer un síntoma”, para Freud se trataba de “descifrar un síntoma”, extraer de él su cifrado encriptado, la historia inconsciente que sostiene al síntoma. El psicoanálisis arranca, justamente, con la consideración de que el síntoma tiene un sentido que se vincula con el vivenciar íntimo del paciente; y “la tarea que se nos plantea [como analistas] no es otra que esta: para una idea sin sentido y una acción carente de fin, descubrir aquella situación del pasado en que la idea estaba justificada y la acción respondía a su fin”.[2] Sobre este emprendimiento se edificó la teoría psicoanalítica, de la cual se han desprendido diversas psicoterapias. Apalabrar un síntoma, historizar el malestar, es algo que aún se solicita a los pacientes cuando consultan; sin embargo, el mismo Freud se percata que esta tarea se queda corta si no tenemos en consideración que todo síntoma guarda una satisfacción pulsional.
Descifrar un síntoma
En un inicio, Freud afirmaba que “la génesis del síntoma está determinado de manera unívoca por las circunstancias del trauma”[3], específicamente de vivencias traumáticas. Los primeros casos freudianosno son más que la recopilación de historias realmente traumáticas, en ocasiones abusivas. Ejemplo, la incapacidad de Emma[4] de ir sola a una tienda se sostenía en la historia de haber ido a sus 8 años a una pastelería, y haber sido objeto del acto inapropiado y abusivo de un pastelero que le pellizcó sus genitales a través del vestido, emitiendo a su vez una risotada. Freud llama a esta escena “vivencia sexual prematura traumática”, donde lo prematuro es también “un nombre de lo traumático, algo que el sujeto padece pasivamente”, y frente a lo cual queda sin voz. Por efecto de la represión, la vivencia traumática queda como algo oscuro, oculto e innombrable. Es solo a posteriori que esa escena, para la cual el sujeto no estaba preparado, se resignifica como una historia traumática. “…no se padece por las escenas, sino por los recuerdos”.[5]
Freud demuestra que el síntoma neurótico tiene una regularidad y una ley, allí donde otros médicos solo veían una simulación. En el “Manuscrito K” Freud va a plantear lo que se conoce como la fórmula canónica del desarrollo de la neuropsicosis. Para Freud, la trayectoria de la enfermedad es en general y casi siempre la misma, los pacientes gozan de buena salud hasta que: (1) Les sobreviene una vivencia sexual prematura traumática, cuya huella mnémica está adherida a un monto afectivo y una representación inconciliable e intensa, tanto que ha de reprimirse. (2) Esta represión, a raíz de una ocasión posterior que despierta su recuerdo, lleva a la formación de un síntoma primario. (3) Adviene un estado de defensa lograda que se asemeja a la salud salvo en la existencia del síntoma primario. (4) Las representaciones reprimidas retornan ante la emergencia de un suceso que entra en nexo lógico asociativo con la vivencia sexual prematura traumática; en el caso de Emma corresponde al momento en que ella a los 12 años entra a una tienda y sale huyendo, pensando que los tenderos, del cual se sentía atraída por uno de ellos, se reían de ella. Pues bien, en la lucha de estas representaciones y el yo, se forman síntomas nuevos, los de la enfermedad propiamente dicha.[6]
Lo que me interesa destacar de este período son tres cuestiones: primero, que Freud demuestra que el síntoma tiene su propia ley; segundo, que el síntoma es la respuesta frente a una vivencia innombrable que se vivió prematuramente. La vivencia aquí corresponde a un hecho real, usualmente atribuido a la intervención de un Otro que goza sobre el infans. Y tercero, que Freud se percata que el síntoma es solidario a la resistencia. Es decir, que entre más uno se empeñe en dirigir la atención sobre el síntoma, más resistencia va haber. Ante este obstáculo clínico Freud acude, en un inicio a la hipnosis, la que descartó por ser poco efectiva, y luego a la asociación libre, que no es más que una invitación a hablar sobre cualquier cosa, por más insignificante que parezca su decir. Es por asociación libre que Freud va descifrando, a partir de indicios, la historia traumática que subyace al síntoma, o como bien lo dice en la Conferencia 17, “el vivenciar íntimo del paciente”.
Posteriormente, en 1897, Freud le escribe a su buen amigo Fliess, diciendo que ya no cree más en sus neuróticas, pues deduce que la vivencia sexual prematura no corresponde tanto a la realidad de una seducción o un abuso, pues de serlo habría que atribuirles a todos estos señores una perversión, sino a una fantasía inconsciente que vela el período autoerótico de su quehacer sexual. El relato de haber sido seducida por el padre, o por cualquier Otro, encubre en realidad la práctica sexual autoerótica del infans. La fantasía no remite tanto a algo acontecido, sino a algo deseado. En ese sentido, “la fantasía tiene un doble valor, encubre una práctica sexual […] y, a su vez, revela un deseo”,[7] el de haber sido deseada por Otro.En este punto conviene aclarar que cuando Freud habla de sexualidad, está hablando de pulsión; y en “Tres Ensayos sobre teoría sexual” define al niño como perverso polimorfo, entendido como un ser inacabado y endeble frente al quantum pulsional que busca su satisfacción sin ningún reparo, porque en él aún no operan los diques de la moral, el asco o la vergüenza.
Entonces, cae la vivencia sexual prematura traumática como génesis del síntoma, y al mismo lugar lógico adviene fantasía y pulsión. Esto quiere decir dos cosas: primero, que lo prematuro, como nombre de lo traumático, no es tanto la vivencia como tal, sino la emergencia cuantitativa de la pulsión; y segundo, que la represión no recae sobre la vivencia sexual prematura, sino sobre la sexualidad infantil y la fantasía, que por lo general es edípica.
La versión del Otro perverso, de un padre perverso, es la versión de la víctima, y cuando se es víctima no se tiene ninguna responsabilidad por lo que se produce. En cambio, considerar la existencia de una fantasía inconsciente es considerar que esta no es más que una novela, un dramón familiar que se extiende a la construcción de una realidad psíquica que encubre al sujeto pulsional. Decir que se trata de una realidad psíquica, no es considerar al paciente como un simulador. La realidad psíquica es muy real para el paciente, en tanto es la interpretación que éste ha construido del mundo que lo rodea, el que muchas veces se nos presenta como confuso, caótico e inefable. “En el mundo de la neurosis la realidad psíquica es la decisiva”,[8] no solo en la formación del síntoma, sino en la comprensión de la vida misma.
Entonces los síntomas no van a estar causados por una vivencia traumática, su defensa y el retorno de lo reprimido. Este es el esquema del “Manuscrito K”. En el lugar donde estaba el acontecimiento traumático, Freud ubica “una fantasía que – en la medida que entra en contradicción con los intereses del yo- es reprimida, se instituye como inconsciente y en tanto inconsciente retorna como síntoma desfiguradamente”.[9]
En la fantasía se anuda la satisfacción pulsional con un deseo prohibido, y esto da lugar al síntoma. En el síntoma hay satisfacción pulsional, hay goce; pero también está la realización de un deseo desfigurado. Desde la óptica freudiana, un síntoma implica un texto a ser descifrado, tales son los casos que él presenta en su Conferencia 17 “El sentido del síntoma”. Allí está, por ejemplo, el caso de una dama que tiene un síntoma obsesivo bastante común: un ritual de dormir que implica la cancelación de cualquier ruido, en especial el tic-tac del reloj. Freud emprende, entonces, la tarea de descifrar el sentido oculto que subyace al síntoma obsesivo, encontrando que la paciente con este ritual realiza su deseo de interponerse en el lecho parental, al mismo tiempo que nos muestra el tic-tac de su pulsión sexual. No voy a explayarme en este caso, tan solo quiero señalar que para Freud los síntomas son la práctica sexual de los neuróticos. Recuerden que aquí estamos entendiendo la práctica sexual como satisfacción pulsional.
En su texto “Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad”, Freud afirma con todas las letras que “el síntoma histérico sirve a la satisfacción sexual, y figura una parte de la vida sexual de la persona”.[10] En este texto, él no hace tanto énfasis en el deseo sino en la pulsión, y hablar de pulsión es situar que no todo es fantasía. Que el síntoma porte una satisfacción pulsional es uno de los mayores problemas en la conducción de un tratamiento, pues ningún ser humano renuncia tranquilamente a algo que le represente satisfacción. La satisfacción pulsional es lo que hace que el síntoma perdure en el tiempo, y se presente como algo que se reitera una y otra vez.
Osvaldo Delgado dirá que para que algo sea un síntoma tiene que cumplir dos condiciones: que se repita y que produzca malestar. Si se repite y no produce malestar, no es un síntoma; así como tampoco lo es si algo produce malestar, pero no se repite. Para que algo sea un síntoma tiene que repetirse en la vida del paciente una y otra vez. Sin embargo, puede ocurrir que, en algún momento de la vida, un síntoma guarde relación con el yo de la persona, y aquí el síntoma no produce malestar, ni displacer, ni incomodidad. El sujeto está identificado a ese síntoma. A esto Freud lo va a llamar “síntoma egosintónico”. Por ejemplo, un síntoma obsesivo puede calzar perfectamente en alguien que trabaja clasificando cosas. Pero en algún momento, sea por contingencias de la vida o por la acción de un analista, este síntoma egosintónico se convierte en egodistónico, es decir, no se articula al yo y empieza a incomodar al sujeto. La operación analítica consistirá en colocar al sujeto en un trabajo de interrogación que le permita, primero leer su síntoma, para después reescribirlo.
Leer un síntoma
“Una brújula: el psicoanálisis no es sólo una cuestión de escucha, es una cuestión de lectura. La lectura del síntoma está del lado del fuera de sentido y es un instrumento clínico que sirve de brújula a los analistas”.[11]
Con los conceptos de fantasía y pulsión, Freud reconoce que en lo que al síntoma se refiere, no se trata tanto de la irrupción traumática del goce del Otro, sino del propio goce, raíz inexorable del síntoma. Esta conceptualización nos acerca a la orientación lacaniana de los últimos años; pero la distancia se zanja en el hecho que para Freud el síntoma tiene un sentido y se accede por la vía del sentido, en cambio para Lacan el síntoma comporta lo real del sin sentido.
La persistencia pulsional del síntoma es un problema para Freud, porque por más que él descifre el sentido oculto que lo sostiene, por más que lo interprete, siempre hay restos sintomáticos. Como bien afirma Miller:
“… la paradoja aquí es la del resto. Hay una x que resta más allá de la interpretación freudiana. Freud se aproximó a esto de distintas maneras. Puso en juego la reacción terapéutica negativa, la pulsión de muerte y amplió la perspectiva hasta decir que el final del análisis como tal deja siempre subsistir lo que llamaba restos sintomáticos”.[12]
El síntoma tiene dos caras: una cara que responde a la verdad que denuncia la realidad psíquica de quien habla, y una cara real. Freud se dedicó a descifrar la verdad del síntoma; pero se topó con que el síntoma se reitera una y otra vez, a pesar de la interpretación. “Bajo el nombre de restos sintomáticos Freud chocó con lo real del síntoma, con lo que el síntoma, es fuera de sentido”,[13] y esto nos confronta con otro modus operandi en nuestra práctica, pues ya no se trata de represión, sino del malentendido. “Es el malentendido lo que está en el origen de las relaciones del ser hablante con el lenguaje y los embrollos que advienen de ahí”.[14] El malentendido de la palabra dicha, lo que se escucha y lo que se interpreta. Pero también el malentendido estructural, que antecede a la novela familiar y al nacimiento del sujeto, y que compromete al cuerpo. Dice Lacan: “el hombre nace malentendido […] El cuerpo no hace aparición en lo real sino como malentendido. Seamos aquí radicales: vuestro cuerpo es el fruto de un linaje, y buena parte de vuestras desgracias se debe a que ya nadaba este en el malentendido tanto como se podía”.[15] Y la tarea del analista ya no consiste tanto en descifrar el vivenciar íntimo del paciente sobre el cual se teje el sentido del síntoma, sino equivocar el malentendido y leer la letra de goce que se fija en el cuerpo. “la pregunta que se plantea ya no es “¿Qué significa eso?” “¿A qué satisface eso?”.[16]
A diferencia de Freud, la práctica lacaniana no se detiene ante los restos sintomáticos, “sino que intentamos acompañar al sujeto a confrontarse con ellos … para que pueda reconocerse allí, en lo real del síntoma que itera fuera de sentido”,[17] ya que la iteración del Uno de goce testimonia un acontecimiento que marcó el cuerpo. Ojo, no se trata de un acontecimiento traumático, sino de un acontecimiento primario donde el lenguaje golpea al cuerpo. “Lo que distingue al cuerpo en el ser hablante es que su goce sufre la incidencia de la palabra […] Y es precisamente esta incidencia significante lo que hace del goce del síntoma un acontecimiento y no solo un fenómeno”[18] fugaz, como sí son los sueños y los actos fallidos.
Entonces, la práctica lacaniana supone un pasaje que va de la escucha de historias y novelas familiares, a la lectura de esa letra de goce que quedó impregnada en el cuerpo, que nació del malentendido y que se reitera sin cesar. Se trata de saber leer esa iteración que va más allá del aparato de interpretar de Freud, y es por esto que el psicoanálisis de orientación lacaniana es herético, en tanto apunta a “destetar” al analizante del sentido. En la práctica analítica esto es algo que se puede comenzar a leer desde el inicio, desde las entrevistas preliminares, cuando el paciente nos deja saber “eso que es más fuerte que el yo” y que “no puede dejar de”. Esto sería orientarnos por lo real, para lo cual el síntoma es sin duda el instrumento, la brújula privilegiada que nos marca el norte de nuestra operación.
EL SÍNTOMA EN LA PRÁCTICA ANALÍTICA*
JAIME CASTRO**
Trabajamos en la conferencia pasada, dictada por Mónica Larrahondo con el título El síntoma como brújula, esta doble cara: un lado de verdad oculta reprimida que está ligada a una significación que ha quedado por fuera del campo de las representaciones y una cara de satisfacción pulsional que insiste, que escapa al sentido y a la significación.
Podemos decir entonces que existen por lo menos dos perspectivas para considerar el síntoma: una simbólica y una real. Estas perspectivas están estrechamente ligadas a la concepción de sujeto y de inconsciente que se tenga.
En la enseñanza de Lacan, podemos ubicar un primer momento en el que él hace una lectura del inconsciente freudiano y de sus modos de funcionamiento. Así, allí donde Freud leyó un inconsciente en términos de representaciones que se sustituyen unas a otras o se desplazan unas a otras -lo que conocemos como las operaciones de condensación y desplazamiento- Lacan leyó, con el apoyo de la lingüística y el estructuralismo de los años 50, los mecanismos de la metáfora y la metonimia. Es lo que le permite plantear que el inconsciente está estructurado como un lenguaje.
Si el inconsciente se estructura como un encadenamiento de significantes, los fenómenos del inconsciente, entre ellos los síntomas, se rigen según estas mismas leyes y perturbaciones de estas leyes. Tenemos una secuencia significante y de pronto encontramos algo que se sale de la secuencia, queda desalojado del circuito, reprimido, diría Freud, y genera una alteración.
Articulada a esta concepción de inconsciente en términos de lenguaje como inconsciente simbólico, tenemos una concepción de sujeto según la cual éste se representa por un significante ante otro significante. En otras palabras, eso que llamamos sujeto es el efecto de una articulación significante.
Posteriormente, Lacan retoma la pregunta que el mismo Freud se hace sobre la insistencia de los síntomas. ¿Por qué será que se da esa insistencia? Para ello, reformula lo que Freud desarrolla en términos de pulsión de muerte, para ahora abordarlo como goce, como esa paradójica satisfacción que se obtiene en el sufrimiento. Apunta así, a la dimensión real del síntoma.
Si la perspectiva simbólica apunta al qué quiere decir el síntoma, la perspectiva real, apunta a para qué sirve el síntoma. Como vemos es una perspectiva pragmática que nos lleva a todo el campo de los usos del síntoma.
Intrínseco a este movimiento, está una nueva concepción del inconsciente, ya no solo como inconsciente simbólico, sino como un inconsciente real que da cuenta del goce, ya no del sujeto del inconsciente, sino del parlêtre. Este último término obedece a una perspectiva donde lo que importa no es tanto el sujeto en tanto sujeto simbólico, sino, como sujeto que goza. Parlêtre, es un neologismo entre parler y être, en francés. Es una perspectiva que apunta a una concepción ya no tanto del lenguaje sino de lalengua, algo anterior al lenguaje, para indicar las marcas de goce que avivan el cuerpo cuando es tocado por el significante.
Cito a Lacan:
“Es completamente cierto que es en la manera con la cual lalengua ha sido hablada y también oída por tal y cual, en su particularidad, que algo a continuación volverá a salir en sueños, en todo tipo de tropiezos, en todo tipo de maneras de decir. Es, si ustedes me permiten emplear por primera vez este término, en este moterialisme que reside la captura del inconsciente — quiero decir lo que hace que cada uno no haya encontrado otras maneras de sustentar lo que recién llamé el síntoma”.[19]
La perspectiva real del síntoma, está ligada a una concepción del cuerpo como cuerpo que goza no solo de pulsiones vitales sino también que goza de pulsiones mortificantes.
Entonces cuando nos preguntamos por los usos del síntoma y tratamos de entender el porqué de su iteración, estamos refiriéndonos al cuerpo como acontecimiento de goce, no al cuerpo simbólico.
Entonces, tenemos de un lado el síntoma simbólico ligado a un sujeto simbólico, a un cuerpo simbólico, un inconsciente simbólico. Este síntoma, lo explicaba muy bien Mónica la vez pasada, es el síntoma que, en la operación analítica, se descifra para develar su contenido de verdad reprimida.
Por otra parte, tenemos el síntoma en su dimensión real, ligado al concepto de parlêtre, a un cuerpo real como acontecimiento de goce y a un inconsciente real. Este síntoma, en la operación analítica, es tomado más bien como brújula que orienta un modo de funcionamiento psíquico. Orienta porque más que a ser descifrado para saber qué quiere decir, se trata ahora de leerlo para respondernos a la pregunta de para qué le sirve al parlêtre. En otras palabras, de qué goza el parlêtre en sus síntomas, qué se goza en su cuerpo.
Tenemos que subrayar también que estas dos perspectivas, cada una a su manera, son respuestas del sujeto frente a un encuentro con algo que excede a sus recursos simbólicos. En otras palabras, es el síntoma como respuesta frente al encuentro con los imposibles de lo real. Decir que es una respuesta, es decir también que el síntoma es una solución. Con Freud, diríamos, solución de compromiso. Solución sintomática diríamos con la última enseñanza de Lacan.
¿Son excluyentes estas concepciones del síntoma? Yo diría que no, tampoco diría que se trata de establecer una relación de complementariedad. Creo que la cuestión se juega en las prácticas de la época actual. ¿Están los sujetos de hoy abiertos a preguntarse por lo que quieren decir sus síntomas y por la función que cumplen en su economía psíquica?
Ahora bien, ¿qué particularidad le otorgamos al síntoma analítico?
Lo primero que hay que decir es que el síntoma analítico no está de entrada, es a producir, en el marco de un encuentro analítico con un analista, al cual llamamos vínculo transferencial. En ese sentido, puede darse o puede no darse. Los sujetos van por la vida con sus síntomas, algunas veces muy bien estabilizados, en una suerte de homeostasis que les permite reacomodarse a las incomodidades de sus síntomas.
Un sujeto va a un analista o consulta a algún profesional médico o “psi” cuando algo de dicha homeostasis, de su solución, se ve perturbado y no encuentra en los recursos con los que cuenta una manera de arreglárselas. Se requiere cierta perturbación en el goce del sujeto para que acuda a buscar ayuda. Habría que poner atención aquí porque sucede también en nuestra época que ese exceso de goce perturbador que el síntoma contiene, es vivido así, no por el sujeto, sino por otros, su familia, sus maestros, sus compañeros. Buena parte de la clínica con niños y adolescentes llega a los consultorios derivada por otros, los padres, o el colegio que se ven perturbados por algún exceso en las conductas del sujeto. Pero esto no solo sucede con los niños y adolescentes. Hay toda una clínica con adultos que no necesariamente pasa por una interrogación del sujeto, por ejemplo, la clínica de las adicciones o la clínica de los trastornos alimenticios. Habrá que verlo caso por caso, pero no siempre el sujeto se está cuestionando sus adicciones o sus problemas de alimentación o en general sus síntomas.
De manera general, nuestra época tiende más bien a que los sujetos reabsorban en sí mismos sus síntomas por la vía de formas de identidad que cada vez se alojan en la sociedad, con lo cual se tiende a un cierre del inconsciente. No está garantizado de entrada la existencia del psicoanálisis en una época que tiende al cierre de las preguntas que el sujeto puede hacerse sobre lo que le pasa. O si se abre a las preguntas, la respuesta en muchos casos, viene dado por el silencio que puede introducir, por ejemplo, una medicación generalizada, una identidad o una intervención sobre el cuerpo.
Aclaro que no estamos en contra de la medicación, pero, por ejemplo, medicar a un niño para silenciar las preguntas que generan sus excesos tanto para sí mismo como en su entorno familiar y escolar, es una forma de desresponsabilizarlo de lo que le sucede. En muchas situaciones tenemos que confrontar al sujeto frente a si se hace cargo de lo que le pasa o lo delega en unas pastillas. Apuntamos a la responsabilidad subjetiva.
Entonces, un punto importante al hablar de síntoma analítico es la implicación del sujeto en aquello que le pasa. En la conducción de las entrevistas preliminares, el analista intenta llevar al sujeto a la pregunta “¿qué tengo que ver en eso que me pasa? Es lo que Miller nombra como rectificación subjetiva que supone el paso de asignarle al Otro la responsabilidad de lo que nos pasa a interrogarnos por la responsabilidad que tenemos en el sufrimiento que tenemos, aún si ese sufrimiento implica a un Otro. En casos de abuso sexual o experiencias traumáticas es palpable este movimiento. Esto supone que el sujeto es responsable de los efectos del trauma. Esto quiere decir que le toca hacerse cargo de eso que hizo troumatisme de goce en su cuerpo.
Voy a retomar una viñeta clínica que trabaja Miller en su curso El partenaire-síntoma.[20] Se trata de Héctor, un hombre que habla de su amor por tres mujeres, María, Ana y Esther. Lo que surge en la experiencia analítica es que estas tres mujeres tienen un mismo rasgo: el sujeto escogía mujeres de cuya fidelidad nunca estaba seguro. Es decir, el análisis ha permitido hacer una operación de reducción que permite una formalización. Al producto de esta reducción Miller lo llama “un rasgo”. Tenemos la diversidad de mujeres en su elección de objeto y un rasgo común, la duda sobre su fidelidad.
Miller escribe esta operación así: f (x) donde f es la constante, lo invariable y x es lo variable. Miller explica que x satisface la función.
Entonces tenemos que el efecto de reducción en un análisis es poder cernir ese rasgo, reducir el árbol significante a ese rasgo que hace referencia a “lo mismo”. Está lo variable y está “lo mismo”, eso que se repite al modo de uno, uno, uno. Este hombre puede contabilizar el número de mujeres que ha tenido pero lo que se repite como condición en su elección de objeto se cuenta como uno, uno, uno.
Aquí encontramos una diferencia entre el psicoanálisis y la psicoterapia. Esta última se mueve solamente en términos de lo que varía a nivel de la significación, mientras que el psicoanálisis apunta a ese “lo mismo” que es “sin sentido”, que está relacionado con el goce, con una paradójica satisfacción en la que se sostiene esa iteración.
Al analista le compete señalar, percibir, acompañar esta operación de reducción. Y esto desde las primeras entrevistas.
Otro ejemplo de Miller es el del hombre cuya madre le dijo “Toda tu vida serás un atorrante", y la persona traza su vida en función de darle la razón a ese enunciado de su madre que toma el valor de un oráculo. La otra cara en este ejemplo es que el sujeto puede dedicarse a hacer lo contrario, es decir, a probarle a la madre que no es un atorrante y entonces se vuelve un sujeto brillante y destacado en la vida, pero igual en función de ese enunciado que lo ha marcado en su vida.
Miller señala que ese enunciado puede provenir del Otro bajo la forma de:[21]
- Un imperativo: “tú debes”
- Un equívoco, una homofonía: por ejemplo, una colega traía el ejemplo de una paciente que reiteraba este significante: la mantenida, hasta que la analista pudo escuchar y transmitirle a modo de interpretación lo siguiente: la amante ida; También tenemos el ejemplo de Lacan con su analizante Susan Hammel: gestapo - gest á peau
- O el sujeto debe construir, inventar en el análisis ese enunciado que lo ha marcado.
- En otras ocasiones es el analista quien por vía de la interpretación construye ese enunciado paradigmático. Una interpretación inolvidable que apunta a despejar el significante S1, significante amo.
Miller señala la importancia de tener en cuenta los significantes evitados por el sujeto que operan como lo que lo causa. Tenemos entonces la reducción simbólica pero también la reducción a nivel de lo real que implica que no todo es posible de pasar por la representación. En la experiencia analítica también es necesario poder soportar lo que es opaco a la simbolización, pues no todo el goce es posible de ser simbolizado, siempre hay un resto opaco al sentido.
Para explicar este punto Miller introduce el factor cuantitativo. ¿Se pregunta por qué ciertas palabras dan en el blanco de un sujeto? ¿Por qué tales palabras o experiencias tienen tanto peso para un sujeto? Dice Miller que es un asunto de peso, de color, de intensidad.[22] Todo lo que es de este orden, que es el goce, está del lado de la contingencia.
La conexión entre goce y contingencia es lo que Freud llamaba el factor cuantitativo, el monto de libido que está en juego en el síntoma. Todo lo que tiene que ver con la operación de reducción no deja de moverse en el registro de lo simbólico, mientras que lo concerniente a la contingencia es del orden del encuentro, de algo que no cesa de no escribirse, que queda fijado y en tanto tal, itera.
Entonces tenemos la articulación significante de un lado y por otro este factor cuantitativo que remite al quantum de libido en juego. Entre estas dos dimensiones hay un hiato, una falla. Esto trae como consecuencia que, si bien en el análisis hacemos un recorrido de amplificación y reducción del sentido simbólico, otra cosa es bordear esta dimensión de quantum libidinal que está en juego y que no es otra cosa que el goce.
La reducción a la contingencia, al encuentro, al traumatismo es del orden de lo posible, nos enseña Miller en su curso,[23] pues se trata de que el sujeto en análisis logre desinvestir lo patógeno. El análisis implica una desinvestidura de lo patógeno que “siempre es del orden de lo posible” para que lo patógeno cese de escribirse.
Todo este problema se refiere al factor cuantitativo que está ligado al significante. Tenemos el significante más el factor cuantitativo.
Finalizo enfatizando que, si bien el sujeto en su análisis puede haber logrado una elaboración significante, todavía queda el asunto crucial de la desinvestidura de ese factor cuantitativo patógeno, lo que implica una operación de separación. Aquí hay que señalar que la elaboración significante no compromete al cuerpo, mientras que el problema de las investiduras y desinvestiduras libidinales sí comprometen al cuerpo. Es la diferencia que intenté mostrar antes entre el sujeto cuyo cuerpo quedó mortificado por efecto de su inscripción en lo simbólico, y el parlêtre cuyo cuerpo se vivificapor las marcas de lalengua en la carne. Entonces, la desinvestidura libidinal equivale a decir separación de ese goce anclado en el cuerpo que está en el núcleo del síntoma.[24]
EL SÍNTOMA EN FREUD*
SOFÍA RUALES ARANGO**
Los trabajos que Freud realizó con Charcot y Breuer lo llevaron a escuchar de una manera singular a las pacientes que consultaban por síntomas cuyas explicaciones o tratamientos médicos no lograban los resultados esperados. En el año de 1893, en su texto “Estudios sobre la histeria”, Freud propuso magistralmente que los síntomas de las histéricas tenían que ver con una energía emocional “no descargada”, relacionada con traumas psíquicos asociados a lo sexual.
Utilizando el mecanismo de la asociación libre, Freud escuchó que las pacientes narraban recuerdos de vivencias infantiles de índole sexual, y pudo analizar que en la infancia se manifestaban orientaciones pulsionales que corresponden, bien sea a predisposiciones innatas (pudieran ser herencias de los antepasados, teniendo en cuenta que resultaron comunes a muchos casos) o a vivencias sociales de su cotidianidad.
Le da mayor importancia a las vivencias que activaron en los niños su energía pulsional (como la observación de la desnudez de adultos o la exposición a la vida sexual de ellos, por ejemplo), dejando secuelas, al tratarse de experiencias impactantes con consecuencias traumáticas; esto último debido a que se adquirieron en estadios iniciales, de un desarrollo infantil todavía frágil o incompleto, lo que hacía que estas experiencias fueran vividas con una intensidad que produjo efectos profundos en un psiquismo que no estaba preparado para elaborarlas. Estas experiencias se desarrollaron en forma de fantasías.
Como ya se precisó, no necesariamente se trata de seducciones reales de la vida infantil (aunque no se descarta la ocurrencia verdadera en algunos casos), sino en la “participación activa” de los pacientes en este tipo de acercamientos sexuales. De este modo, las fantasías ocultaban su energía sexual autoerótica, movilizada por deseos íntimos, los cuales se referían a asuntos prohibidos. La prohibición de su sexualidad las llevaba a una expresión sintomática de ésta. Por lo tanto, internamente, se manifestaban conflictos, cuya única manera de sacarlos a la conciencia era de forma sintomática, esto es, expresados como padecimientos.
Como resultado de esta operación inconsciente de transacción entre deseos sexuales prohibidos y la vivencia de una satisfacción, se originan entonces los síntomas. Estos últimos se constituyen en una forma de “satisfacción sexual sustitutiva”. De aquí en adelante, la tendencia del sujeto será repetir estas operaciones de satisfacción por diferentes vías, como una manera de tramitar lo que originalmente no pudo ser realizado.
En las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917 Conferencia 23) Freud, se remite a la importancia de la fantasía en la formación del síntoma, explicando que los objetos y las orientaciones infantiles son retenidos en la fantasía. Estas últimas son sometidas a la represión del yo. En sus propias palabras: “La retirada de la libido hacia la fantasía es un paso intermedio hacia la formación de síntomas”.[25]
A Freud le llamó la atención encontrar que las historias de las pacientes tenían muchas similitudes, y comenzó a sospechar que lo relatado por ellas no correspondía de manera exacta a experiencias vividas en la realidad, sino que eran producto de construcciones imaginarias, o fantasías.
Para los pacientes se trataba de una “realidad psíquica reprimida”, material adecuado para ser analizado. La represión hace referencia al proceso donde los pensamientos, recuerdos, actos, emociones prohibidas o displacenteras son expulsados o negados a la consciencia, los cuales quedan confinados en el inconsciente y retornan a la consciencia de manera distorsionada en forma de síntomas, lapsus, actos fallidos, etc.
Los pacientes, entonces, realizan acciones, pensamientos, rituales repetitivos, cuyos motivos no son claros para ellos, pero existe un impulso inconsciente que los lleva a su producción, sin poder dar cuenta de su sentido o sus motivaciones. Freud descubrió en sus análisis,[26] que los síntomas crean una realidad psíquica singular que incluso pueden llevar a los pacientes a aislarse de la vida social y a no vincularse afectivamente con otras personas.
En síntesis, Freud llegó a la conclusión de que existe un mecanismo llamado represión, que antecede la formación de los síntomas; en esa misma vía encontró que su sentido es inconsciente.[27] Hay algo más fuerte que la consciencia de los pacientes, que arruina sus vidas. Ya Freud advirtió que “No hay en la vida nada más costoso que la enfermedad y la estupidez”.
Por otra parte, Freud describió cómo los síntomas estaban relacionados con la vida anímica del sujeto, y tienen un sentido y pueden ser descifrados o interpretados desde significaciones inconscientes. “Volver consciente lo inconsciente” sería entonces el tratamiento conveniente para curarlos.
Con esta premisa, la expectativa de encontrar el sentido de los síntomas, parecía favorecer su comprensión y salida de la neurosis. Freud se concentrará entonces en las asociaciones de los pacientes y en todos los símbolos que aportaran en cada sesión, hasta llegar a finalizar el tratamiento.
A partir del método de la asociación libre de ideas en el diván, Freud se enfrentó a una dificultad inesperada: suponiendo que la razón de ser de un análisis personal consistía en la “eliminación de sus síntomas”, se percató de que no era suficiente con descubrir o interpretarlos, porque no se trataba únicamente de decirle al paciente lo identificado. Por ejemplo, en el trayecto de un análisis pudiera surgir una resistencia o un no querer saber.
Contrario a lo anterior, Freud propuso devolverle la palabra al paciente y que él mismo descubriera, a su tiempo, aquello que se le quisiera imponer como una interpretación, para no caer en lo que el mismo Freud denominó “psicoanálisis salvaje”, propiciado por interpretaciones apresuradas de parte del analista. Pero sabemos por Lacan y por el último Freud, que el hecho de que el mismo paciente descubriera los orígenes de su neurosis tampoco sería suficiente para la resolución de los síntomas.
Un elemento crucial de las investigaciones psicoanalíticas, tanto de Freud como de Lacan, tuvo que ver con lo que se denomina “la fijación a los síntomas” o los “beneficios secundarios de la enfermedad”. La persistencia incesante de sufrimientos y rituales sintomáticos sin sentido, por ejemplo, en los sujetos obsesivos, llevaron a Freud a comprender que el “Yo no es amo en su propia casa”,[28] y que existen mecanismos más poderosos y enigmáticos que el deseo de curación, que tienen lugar en una instancia inconsciente del psiquismo humano hasta el momento desconocida.
Freud, posteriormente, denominará pulsión de muerte (1928) a aquello que impulsa a los sujetos a acercarse a las situaciones que van en contravía de lo vital esperable. Esta otra cara del síntoma, ligada a la iteración, Freud la llamó el factor cuantitativo en la relación con la enfermedad y está relacionada con la libido del sujeto que se fija en el cuerpo.
A pesar de la concepción del síntoma como algo destructivo para los sujetos, se descubre que el síntoma resuelve, amarra, liga una demanda entre exigencias contradictorias: por un lado, la satisfacción de una exigencia libidinal, y por el otro la prohibición de la misma. Se trata, entonces, de que el síntoma es una satisfacción sustitutiva en la cual se reconcilian fuerzas que previamente estaban en disputa. Se deduce, entonces, que el síntoma es una solución.
Como se puede ver, Freud era optimista en sus comienzos, pensando que bastaría con que el paciente develara las razones inconscientes para eliminar los síntomas y curarse. Había una gran confianza en el poder curativo de la mera revelación por la palabra. Se podrá más adelante comprender que esta hipótesis fue controvertida por el mismo Freud en su última etapa y por los trabajos posteriores de Jacques Lacan.
Años después, en una de sus últimas publicaciones en 1937, “Análisis terminable e interminable”,[29] Freud se pregunta acerca del fin de análisis y de cómo agilizar la terminación de este trabajo a través de medidas precisas de limitación de tiempo, interrogándose especialmente por la eficacia obtenida luego de finalizar el tratamiento, como si se pudiera lograr una “normalidad psíquica”. Plantea que es posible que los pacientes requieran de tratamientos posteriores si retornan sus síntomas, aunque se haya finalizado el análisis años atrás, en otros términos, no hay garantía de un fin de análisis o de una cura definitiva. El carácter indómito de la pulsión es uno de los descubrimientos con los que Freud concluye sus aportes a la teoría psicoanalítica.
ALGUNAS PUNTUALIZACIONES SOBRE EL SÍNTOMA EN LA ORIENTACIÓN LACANIANA*
ROBINZON CAICEDO ARROYAVE**
Christian Alberti, actual presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, señala que “Asistimos a una iniciativa que busca eliminar la complejidad del síntoma (nudo de palabra y goce) en beneficio de intervenciones directas sobre el cuerpo…”.
[30] Esta cita me permite, en primer lugar, diferenciar cómo en otras formas de abordaje del malestar y el sufrimiento se puede entender el síntoma como lo observable, la conducta, lo que exclusivamente concierne al cuerpo, sea en el sistema de neurotransmisores o el cerebro, y sobre lo cual se debe operar. Por el contrario, en el psicoanálisis se da lugar a otra lectura del síntoma.
La cita anterior también propone una coordenada sobre el síntoma en la enseñanza de Lacan quien plantea que “El hombre piensa con ayuda de las palabras. Es en el encuentro entre esas palabras y su cuerpo donde algo se esboza”,[31] esto para “osar” emplear el término innato, en tanto que comprende el síntoma como algo que se cristaliza en una etapa precoz para el niño.
Desde la lectura de Enric Berenguer,[32] se explica que lo que hay de innato se encuentra en el cuerpo como una predisposición a ser herido por la palabra, en esta herida por la palabra se genera la cristalización de la que Lacan habla, metáfora que Berenguer ilustra con la química en la producción de los copos de nieve: existen moléculas, pero es la contaminación del aire que posibilita que se estructuren para formar un copo de nieve, si el aire fuera puro, si algo no hiriera a estas moléculas, no habría cristalización.
En este sentido, podemos proponer como lectura que, si el cuerpo no sufre la incidencia de las palabras, no se podría cristalizar el síntoma. No se trata de algo ideal hiriendo a un cuerpo material, Lacan emplea el neologismo moterialismo para referirse a la materialidad de la palabra.
En relación con lo anterior, entonces, el síntoma es algo que el sujeto produce ¿Con qué? Con lo que le impacta, es decir, la palabra, y esto antes de que eso adquiera la consistencia de Otro, puesto que es con ese síntoma que el sujeto podrá incluir una enunciación propia y producir un Otro, en tanto que ese síntoma que se cristaliza se constituirá en la búsqueda del sentido[33]. Lo que hay antes de esto es el Uno que se constituye en ese encuentro traumático donde se cristaliza el síntoma, lo que permite aludir al inconsciente real ¿Qué es el inconsciente real? No es más que la forma en que el sujeto fue impregnado por la lengua y cómo goza de ella. Será importante tener en cuenta que en este momento de la cristalización del síntoma no se ha constituido como tal el lenguaje en el niño, sino que se trata de un laleo,[34] como menciona Lacan, y por lo cual resalta un término de su última enseñanza: lalangue.
En la lectura que ofrece Lacan sobre el caso de Juanito, se presenta el significante “hace pipí” como una apuesta fallida por nombrar lo que acontece en su propio cuerpo, a saber, sus primeras erecciones. Fenómeno que, posteriormente, el niño encarna en objetos externos, en este caso el caballo, como metáfora de lo que le pasa y de lo cual no comprende nada. De esta forma, el síntoma se constituye como expresión y significación de un rechazo frente a asunto en su cuerpo que le es hetero.[35]
Lacan explica por qué no está de acuerdo con Freud cuando éste plantea que se trata de autoerotismo en ese primer encuentro del niño con su relación sexual. En este caso se trata de un goce que le es ajeno pues es el goce del propio cuerpo,[36] goce que está en el principio de su fobia.
Esta lectura de Lacan sobre el síntoma como significación del rechazo, me remitió al concepto de forclusión generalizada, que es trabajado en lo que se denomina clínica continuista donde el foco no está puesto en estructuras que permiten un diagnóstico diferencial en función de la presencia o no del significante del Nombre-del-padre. Esto no implica desconocer la importancia de la distinción estructural entre neurosis o psicosis, cuestión que orienta al analista en sus intervenciones y en las maniobras de la transferencia.
Partiendo de la tesis de la forclusión generalizada en todo ser hablante, tomo una pregunta planteada por M. E. Cora en el Scilicet Todo el mundo es loco “¿cómo se las arregla cada uno con el punto forclusivo en el que hay un goce que no se puede nombrar?”[37]. Esta pregunta trae consigo dos elementos que conforman el nudo del síntoma: la palabra y el goce, a modo de un arreglo que cada uno crea, y que la respuesta se da uno por uno por medio del síntoma que se cristalizó en cada uno.
Esto, según Cora, plantea dos niveles de lectura, a la vez dos maneras de intervención: El sentido y el fuera de sentido, de manera que se pasa, según Miller “de la escucha del sentido a la lectura del fuera de sentido”.[38] La primera fue propia de la perspectiva de Freud para quien todo síntoma encarnaba un sentido, mientras que la segunda es introducida en la práctica analítica por Lacan.
Ahora, ¿qué caracteriza un síntoma? Miller plantea que el síntoma es una formación del inconsciente, como el lapsus y el acto fallido, con la diferencia de que tiene una permanencia, es su carácter repetitivo lo que lo caracteriza, es lo que haría que cualquier otra formación del inconsciente sea sintomática, “en ese sentido es lo que nos da el psicoanálisis como lo más real”,[39] esto entendiendo lo real como lo que siempre vuelve al mismo lugar, lo imposible.
El síntoma, al ser producido por el significante, se alimenta del sentido que, además, puede ser infinito. De esta forma, Lacan supo leer que lo que hay que hacer es reducirle sentido al síntoma, privarlo de esto. Para este fin, según Miller, se requiere una lectura distanciada de la semántica, es decir, una lectura que apunte a la materialidad de la escritura[40] o, como Lacan lo nombra, el moterialismo.
Si el psicoanálisis de orientación lacaniana no se detiene, ni mucho menos retrocede, ante los restos sintomáticos (punto en el cual Freud planteaba que era necesario detenerse y retomar cuando el sufrimiento regresara), es porque se ha podido descubrir que el resto es lo que, de hecho, se encuentra en el origen;[41] es decir, un acontecimiento que es originario y permanente. Así lo nombra Miller, y lo ilustra con la adicción, que refiere como la raíz del síntoma,[42] un “uno más”, “un vaso más”. En la adicción, entonces, no hay adición.
Lo que ocurre en el síntoma, no es una repetición por adición, sino que es el punto originario y permanente al que aludí ahora, que siempre retorna. Entonces con la reducción del sentido se puede apuntar a lo opaco del goce, a lo real, al Uno que hay en cada uno, a esto que se constituyó en el momento en el que el síntoma se cristalizó por primera vez.
Por otra parte, se considera importante puntuar que no siempre los pacientes llegan a la consulta de un psicoanalista con síntomas, o sin percatarse de estos, sino con quejas. Entonces cada paciente (antes de ser un analizante) solicita ser escuchado por algo que le genera sufrimiento, porque la manera como se las ha arreglado hasta el momento comenzó a fallar y la existencia adquiere cierto carácter de insoportable. No obstante, no se llega con un síntoma, o percatado de este; el síntoma se construye en la experiencia analítica, en transferencia. Esto, desde mi lectura, porque cada uno puede comenzar a percatarse que todos los acontecimientos “aislados” que lo aquejan, tienen en primer lugar una implicación propia, y porque el analista, en la trasmisión de “saber leer y bien decir” permite que el analizante se le haga un poco más visible ese “una y otra vez” que ha iterado en su vida en distintos momentos, en diferentes situaciones, nombrándolo con algún significante con el cual se apunta a restar sentido y en el que se condensa las formas de gozar del sujeto.
Como se dijo anteriormente, el síntoma tiene restos y, por lo tanto, el final de una cura no elimina el primer goce opaco, sino que se elabora un “saber hacer” con esos restos, que se materializa en un nuevo significante, a lo cual se le ha denominado sinthome. Es importante poder tener una idea de cómo se han finalizado algunos análisis, dado que esto permite esbozar cómo puede dirigirse una cura, tomando el síntoma como brújula. Síntoma y sinthome no pueden, entonces, pensarse por separado, si bien ambos comportan distintas maneras de posicionarse frente a la propia manera de gozar.
Entonces, para finalizar, me surgen algunas cuestiones: ¿Cómo podría pensarse estas consideraciones sobre el síntoma en el trabajo en las instituciones donde no hay dispositivos de consulta, pero la palabra circula?
¿Cómo opera el síntoma en la Escuela-sujeto? Si la Escuela es una Escuela de analizantes con una transferencia de trabajo instalada ¿de qué manera cada uno puede seguir su trabajo analítico con relación a su síntoma en la Escuela?
2. ¿QUÉ NOS ENSEÑA LA PARANOIA A LA PRÁCTICA ANALÍTICA?
DEL AUTOMATISMO MENTAL AL FENÓMENO ELEMENTAL*
MÓNICA PATRICIA LARRAHONDO**
Dignidad asiste puntualmente a la cita que un familiar le había solicitado previamente. Ella es una mujer educada, elegante, puntual y cortés. Su actitud desconfiada no daría mucho que pensar a no ser por el hecho que la consulta había sido motivada por un episodio psicótico en el que ella intentó hacer un pasaje al acto suicida. .
Dignidad se presenta como una vedette, siempre bien arreglada, con su postura recta y su mirada enaltecida; ella exige que se la atienda “como merece”, y afirma que “los médicos saben cómo es ella y se adaptan”. Miller dice que “el paranoico siempre es un poco una vedette (…) Un paranoico es un VIP (Very important Person)”.
Dignidad, con su apariencia de cortesana, y por cortesía, asiste a las dos primeras citas comentando las coordenadas que causaron la preocupación de sus familiares. En la primera sesión le resalto su lugar de “cuidadora”, y en la segunda, informa que no desea volver. No insisto en su presencia, tan solo le digo que ella es “una mujer digna, y que sabrá elegir con quien quiere tratarse”. Dos semanas después, llama a solicitar nuevamente una cita puntuando que esta vez es “ella la que elige”.
La nobleza de la paranoia
Miller, en la “Apertura” a la conversación clínica titulada Cuando el Otro es malo, dice que “la paranoia es el estado nativo del sujeto”,[43] de allí su nobleza. En el fondo, la locura de todo el mundo consiste en la inevitable sospecha y desconfianza del Otro. ¿Qué me dijo?, qué me quiere decir?, ¿por qué me dijo esto y no aquello?, ¿por qué me pregunta esto?, etc., son algunas de las preguntas que se escuchan en el corrillo de la gente y en la cotidianidad de los consultorios. Estas preguntas desencadenan una cascada de imaginarios cuyo fondo clínico es la suposición de un Otro enigmático, susceptible de ser caprichoso y/o malvado; raras veces bien intencionado. Como bien dice Caroz, hay“una paranoia generalizada”,[44] expresión que tiene sus raíces en la relación que describe Lacan, en su tesis doctoral, entre paranoia y personalidad.
“Cualquiera que sea la estructura del sujeto, el yo es paranoico”,[45] en tanto se tiene la ilusión narcisista de una unidad. Esto es algo que se puede leer en Freud cuando describe en “La negación” la construcción del yo, que consiste “en situar al objeto bueno en el interior y al objeto malo en el exterior; esta localización del goce malo en el exterior es un modo de relación paranoica con el otro”.[46]
En los tiempos que corren, el Otro siempre resulta poco confiable, y esto por razones no tanto sociales, como sí de estructura. Dice Miller:
“Digamos que la maldad es una significación fundamental que está ligada como tal a la cadena significante. Por el solo hecho de que un significante se enganche con otro, hay un efecto de significación, y si hay uno, puede haber otros. […] Siempre se puede interpretar de otra manera y, por esto mismo, hay sobreentendido. Ahora bien, ¿por qué sobreentendemos en vez de entender? ¿Por qué debemos descifrar lo que se dice a escondidas? Todo lleva a suponer que no podemos decirlo de frente porque es malévolo”.[47]
Por estructura, la cadena significante supone equívocos, “me dice esto, pero puede significar aquello”. Siempre hay malentendidos y sobreentendidos; pero también siempre hay algo que no podemos decir directamente porque es, como dice Miller, malévolo. Esto define el estatus primario del Otro, donde suponemos la presencia de un goce oculto y malvado.
Entonces, si la paranoia es la personalidad, si el estatus primario del Otro es el Otro malo, ¿qué diferencia habría entre la paranoia, como tipo clínico, y la desconfianza generalizada de todo el mundo?, ¿cómo diferenciar el yo paranoico de la personalidad, del psicótico paranoico como tal?
Antecedentes
Lacan entró en el psicoanálisis por la clínica de la psicosis; y aunque estableció una clara distinción entre psicoanálisis y psiquiatría, tomó de la psiquiatría algunas nociones que le permitieron prestar una especial atención para establecer un diagnóstico diferencial entre la locura de todo el mundo y la locura psicótica. Me estoy refiriendo al término acuñado por De Clérambault como automatismo mental, huella clínica de la psicosis.
Descartada la etiología organicista que De Clérambault adjudicaba al automatismo mental, Lacan resalta de este concepto el carácter asemántico, neutro y ajeno, permitiéndole “formalizar el significante en lo real, un S1 desencadenado y anterior a cualquier elaboración delirante”.[48] Sobre este punto me detendré más adelante, por lo pronto menciono que Lacan, distinguiéndose de la mirada psiquiátrica, se centra en la clínica de los divinos detalles, cuya escucha es también una lectura que pone especial atención no solo en los enunciados escritos, sino en la enunciación no dicha y por fuera del sentido.
La práctica lacaniana supone un pasaje que va de la escucha a la lectura. Se trata de saber leer la iteración significante que va más allá del “aparato de interpretar de Freud”, ligado al sentido edípico y la significación fálica. Se trata de un psicoanálisis herético que apunta a destetarnos del sentido y comenzar a leer desde el inicio eso que es “más fuerte que yo”, y que el sujeto “no puede dejar de”.[49]
Fue leyendo el discurso de Dignidad que supe, por ejemplo, que convendría no insistir en una respuesta cuando le pregunté por quién me había recomendado, ni saber cómo había llegado a mi consultorio. Al buen lector pocas palabras; y yo entendí, sin comprender, que era mejor no preguntar demasiado, ni insistir en la segunda cita por la continuidad del tratamiento, por más que el riesgo de un pasaje al acto preocupara mi quehacer clínico. Pero también fue mi lectura la que pudo aislar aquello que Lacan ya señalaba en su tesis como “identificación iterativa”, haciendo referencia a “cómo se repite algo común en la constitución de los distintos perseguidores del delirio, identificados a partir de un prototipo”.[50] Dice Lacan: “se ven florecer a montones las ideas de vuelta a comenzar, de repetición indefinida de los mismos acontecimientos en el tiempo y en el espacio, las multiplicaciones ubicuistas de un mismo personaje…”.[51]
Sobre este punto resulta quizás más paradigmático el testimonio de una paciente que escuché en una Presentación Clínica realizada por Héctor Gallo hace algunos años en la ciudad de Cali. Ella decía que siempre se encontraba con las mismas personas en diferentes direcciones de la ciudad, a lo largo de los años:
entonces yo vengo observando que las mismas personas que eran coincidencial no sé si es una coincidencia o coincidencialmente o es una imaginación mía, veo que las mismas personas que viven en la misma cuadra donde vivía mi papá […] son los mismos que vivieron en Villanueva y son los mismos que son los mismos que viven en la carrera 47, 38, 98, 05, 25 y ahorita veo que son los mismos de la calle 56 30 B- 45 y de la 46 la 53 la 59 la 70 y son los mismos que viven allá, entonces y a mí me dice esto qué coincidencia que son los mismos.[52]
En ella se trata de la repetición indefinida de las mismas personas en diferentes espacios de la ciudad, entonces, ¡qué coincidencia! Coincidencia que lejos de ser una fortuna, es el anticipo de un delirio de persecución donde tiene la certeza que le van a robar su invención.
Entonces sabemos, primero con la psiquiatría clásica y después con Lacan, que hay significación personal e interpretación delirante en el inicio de un desencadenamiento psicótico. Neisser, psiquiatra polaco, investigó el período inicial de la paranoia y encontró algo llamado “autorreferencia mórbida”, traducido también como “significación personal mórbida”. “Se trata, en efecto, de una experiencia de certeza en la que el sujeto se siente aludido o designado por algo que no alcanza a precisar: es un mensaje enigmático dirigido a su persona”;[53] y la clave de este concepto psiquiátrico está en que, en el inicio de la paranoia, no se trata de una significación plena de sentido, sino de un vacío de significación en el que el sujeto se siente inexcusablemente concernido. Se trata de una interpretación delirante que deja al paciente sumergido en una perplejidad inicial en la que después se edifica el delirio.
Los más versados en la enseñanza de Lacan, podrán entrever el hilo conceptual sobre el cual se teje lo que él después va a nombrar como Fenómeno Elemental; pero, por el momento, me permito situar otras dos referencias de la psiquiatría clásica antes de arribar al automatismo mental de De Clérambault, quien además nunca tuvo conocimiento de la teoría de Neisser.
Las dos referencias son de Alexander Marguliés y Karl Jaspers. Marguliés también buscó el origen de la paranoia y el ulterior desarrollo delirante, encontrando que ese “estadio inicial" es paralelo a la modificación de algunos afectos, tales como la perplejidad, el sentimiento de una desgracia inminente o la inquietud difusa. Este conglomerado de afectos … provocarían una “elevación de la atención” que afectaría bien a la experiencia del propio cuerpo o bien a la realidad exterior, produciendo en el primer caso una hipocondría delirante [como ocurre en la esquizofrenia] y, en el segundo, un delirio de relación [como ocurre en la paranoia]”.[54] Jaspers, por su lado, también plantea que en el inicio del desencadenamiento psicótico hay un vacío de significación que será colmado posteriormente por una idea delirante.
Tanto en Neisser, como Marguliés y Jaspers, plantean que habría en el inicio del desencadenamiento psicótico, y por extensión en la paranoia, una secuencia temporal que va desde la perplejidad o vacío de significación, hasta el sentido delirante. Esta secuencia temporal es retomada y reafirmada por De Clérambault, y luego por el mismo Lacan cuando habla de fenómeno elemental.
Desencadenamiento y fenómeno elemental
Decir que en la psicosis hay desencadenamientos supone aceptar, por un lado, que el psicótico no permanece desencadenado y, por otro lado, que puede ocurrir que no todos los psicóticos se desencadenan. Lacan en el Seminario 3 plantea el desencadenamiento psicótico como el encuentro contingente con una vivencia que carece de significación que, al no contar con el Nombre del Padre (NP), tiene la sensación “de haber llegado al borde del agujero”.[55] Se trata de una auténtica coyuntura dramática que supone la emergencia de Un-Padre que confronta al sujeto a un vacío de significación; pero también a la emergencia de un goce “que arrasa la dimensión del sentido, que anula el campo de la realidad y que tiene a la perplejidad como correlato subjetivo”.[56]
Vemos en este punto que Lacan retoma lo ya planteado por sus colegas psiquiatras: vacío de significación y perplejidad, detalles clínicos que surgen en el tiempo inicial del desencadenamiento psicótico. Pero, la referencia psiquiátrica que cobró mayor pregnancia en su obra fue el automatismo mental de De Clérambault, que hace referencia a la presencia de fenómenos iniciales de la psicosis que preceden a la formación delirante y que se caracterizan, como dije anteriormente, por ser neutros, no sensoriales y anideicos (asemántico). Dice De Clérambault: “Entiendo por automatismo los fenómenos clásicos: anticipación del pensamiento, enunciación de los actos, impulsiones verbales, tendencia hacia fenómenos psicomotrices”, oponiéndolos a las alucinaciones auditivas, visuales y psicomotrices en los que prevalece una idea.
Entonces, que el automatismo mental sea neutro quiere decir que carece de tonalidad afectiva; es decir, no está acompañado por un afecto de hostilidad, sino más bien por “un estado levemente eufórico”.[57] Que sea anideico o asemántico significa que los mismos carecen de raciocinio y sentido. Y que sean no sensoriales significa que no son alucinaciones vinculadas a un tema específico. Estas tres características, no sensorial, neutro y anideico definen lo que podría considerarse como la cualidad específica de estos fenómenos: su carácter automático. De este modo, los automatismos mentales son fenómenos sutiles que aparecen súbitamente en el desencadenamiento psicótico.
La micro fenomenología de De Clérambault se centra en estos fenómenos sutiles relativos, principalmente, al pensamiento. En esta exploración semiológica, que le permitió diagnosticar a los presuntos locos de la policía parisina, De Clérambault estableció una suerte de jerarquía haciendo una distinción entre pequeño automatismo mental y gran automatismo mental, cuya diferencia radica en que al segundo se le agrega algo del orden de lo afectivo (por lo que dejaría de ser neutro), y/o del orden de lo ideativo o temático (por lo que dejaría de ser anideico).
En lo que respecta al pequeño automatismo mental De Clérambault distingue tres registros:
1. Automatismo mental- mental (o ideo-verbal), donde se encuentra el eco de pensamiento, en el cual el sujeto siente que su pensamiento se va repitiendo como un eco, o escucha que su pensamiento va describiendo sus gestos y actos, ejemplo: la Sra. P del caso de Freud. También se halla la ideorrea, que hace referencia al “flujo incoercible o inmanejable de representaciones”[58]; los pensamientos anticipados, que hacen referencia a la vivencia que tiene el sujeto de que sus pensamientos aparecen antes de que él los piense; los fenómenos de influencia, donde el sujeto no aparece dueño de su pensamiento ni del control de su curso, es decir, que se le presentan como algo extraño, independiente, autónomo; los juegos verbales, en los que se incluyen los estribillos, las letanías y los juegos verbales en general; el vacío y detención de pensamiento, entre otros.
2. Automatismo mental- sensitivo, el cual hace referencia a las sensaciones cenestésicas u olfativas. Una paciente del psiquiátrico testimonia un ardor en su cuerpo sin que haya causa médica verificable. Otra paciente del psiquiátrico, después de una reunión familiar, siente que le jalan su cuerpo. Un niño de 7 años afirma sentir como “un martillo en la cabeza” que lo golpeaba muy fuerte.
3. Automatismo mental- psicomotor, donde se encuentra la fuga o el vagabundeo, es decir, cuando el sujeto sale a caminar sin saber por qué, ni destino alguno. Esto es algo que uno suele encontrar en varios pacientes del hospital psiquiátrico.
En realidad, existe un sinnúmero de automatismos mentales que no he mencionado, e incluso que no se pueden ubicar en los registros de mental, motor y sensitivo, por ejemplo, numerosas eyaculaciones. Sin embargo, lo más importante es que el automatismo conserve su rasgo de automático, extraño al sujeto e intrusivo. En otras palabras, lo que hace que un automatismo mental sea considerado como tal es que “el sujeto no tiene la vivencia de ser agente de su movimiento”,[59] ni de sus palabras. Se trata entonces de fenómenos automáticos que aparecen súbitamente.
En lo que respecta al gran automatismo mental, De Clérambault ubica aquellos fenómenos donde aparece: 1º la ideación de que hay alguien que le está imponiendo estas ideas, o que le está transmitiendo telepáticamente. 2º la idea de que hay alguien o algo que le está robando los pensamientos. “Esta diferencia entre el pequeño y el gran automatismo, le permite aseverar a De Clérambault, que cuando el delirio aparece la psicosis ya es antigua. Es decir que el delirio es una superestructura que se añade a fenómenos primarios en un intento de rehacer con el lenguaje aquello mismo que el automatismo y la imposición del lenguaje ha producido”.[60]
En síntesis, para De Clérambault el desarrollo de la psicosis consiste en: 1º la irrupción de un fenómeno sutil que se traduce en una experiencia de vacío, 2º la formación de una alucinación que se ubicaría como una suplencia que viene a colmar el vacío, y 3º la invención del delirio.
Vacío-------- Alucinación-------- Delirio.
Millas nos recuerda que Lacan mantiene esta secuencia a lo largo del seminario sobre la psicosis, reafirmando que el desencadenamiento psicótico tiene que ver con la confrontación con una vivencia de vacío.
Fenómeno elemental
Lacan retoma el término “automatismo mental” para erigir el concepto de “fenómeno elemental”, el cual resulta determinante en el diagnóstico diferencial de la psicosis. Lacan, en el Seminario 3, afirma que los fenómenos elementales tienen la misma fuerza estructurante del delirio. Para Lacan, el delirio no se arma sobre el fenómeno elemental, sino que tiene la misma estructura.
El fenómeno elemental comparte con el automatismo mental la definición de ser un fenómeno súbito, anideico, atemático y neutro, que aparece como una pieza suelta en el discurso que, al carecer de toda significación, confronta al sujeto con una experiencia enigmática frente a la cual se ve compelido a dar una respuesta bajo la forma de una significación personal. La significación personal es la respuesta certera que se construye para responder a lo enigmático del fenómeno inicial. En otras palabras, “tenemos un primer tiempo, que es el vacío enigmático de significación, grado uno de la significación. Es una pieza suelta. En el segundo tiempo tenemos ya la significación de significación. Esto es la certeza”.[61] Sin embargo, la experiencia enigmática queda muchas veces en silencio, a la espera de una respuesta, de un sentido.
Guardando las diferencias teóricas, Miller también plantea una clasificación de los fenómenos elementales, estableciendo tres tipos:
- Fenómenos de automatismo mental, los cuales hacen referencia a “la irrupción de voces, del discurso de otros, en la más íntima esfera psíquica”[62]. Estos fenómenos son muy evidentes cuando la psicosis ya se desencadenó; sin embargo, puede “estar presente silenciosamente durante años con apenas una o dos irrupciones en la infancia o en la adolescencia, quedando más tarde encubierto”.[63]
- Fenómenos que conciernen al cuerpo, en donde aparecen “fenómenos de descomposición, de despedazamiento, de separación, de extrañeza con relación al propio cuerpo”.[64]
- Fenómenos que conciernen al sentido y a la verdad que hacen referencia al testimonio de experiencias inefables, inexpresables o experiencias de certeza absoluta y, más aún, con respecto a la identidad, la hostilidad de un extraño o, lo que se llama expresiones de sentido o significación personal. En otras palabras, es cuando el paciente dice que puede ver en el mundo “signos que le están destinados y que contienen una significación que él no puede precisar, pero que le están dirigidos exclusivamente a él”.[65]
En esta última categoría se podría incluir la interpretación delirante, característica de la paranoia. Esta afirmación encuentra su argumento en lo planteado por Neisser, quien hablaba de “significación personal mórbida” como una experiencia de vacío de sentido donde lo fundamental es la certeza de que eso que no tiene sentido va dirigido al sujeto. Otro aspecto que argumenta esta tesis es lo planteado por Serieux y Capgras, quienes hablan de locuras razonantes y con ello el delirio de interpretación, donde “nada es natural, todo resulta extraño y es llamado a ser interpretado, y si no se encuentra una explicación, ese mismo hecho se torna significativo y debe a su vez ser interpretado”[66]. Y por último tenemos lo dicho por el mismo Lacan en su tesis cuando propone que “la interpretación debe ser despojada de su carácter razonante, como respuesta organizada y secundaria al fenómeno, concluyendo que la interpretación es el fenómeno mismo”.[67] Por todo lo anterior, es que se considera que “la interpretación delirante es un fenómeno elemental” y no un delirio en sí mismo.
Vengo del Fiambrero
La paciente es una mujer que Lacan tuvo la oportunidad de conocer en una presentación de enfermos en Saint-Anne. Se sabe que ella se había separado del marido un tiempo anterior a la hospitalización, a quien la madre siempre rechazó. Lacan dice que madre e hija permanecían en una relación dual, encerradas en ellas mismas con actitud hostil hacia el hombre del cual la paciente acababa de separarse. En este aislamiento particular había una vecina que resultaba particularmente intrusiva, y en el momento donde las dos estaban estabilizadas en su relación dual, aparece un elemento intrusivo, Un-padre, que desencadena una voz en lo real desprovista de sentido. La paciente escucha “Marrana”.
La teoría clásica de la psiquiatría afirma que la alucinación sería percibir un objeto allí donde no está. La novedad que introduce Lacan en los años 50’s consiste en que, justamente, para él la alucinación no es sin objeto, pues el objeto en cuestión es un significante. Para argumentar esta tesis retoma la alucinación de los sordomudos, quienes paradójicamente escuchan voces. ¿Cómo alguien que no escucha puede alucinar con una voz? Lacan plantea que la voz es áfona, es decir, la estructura de la voz no es sonora, sin con ello decir que es menos real para el sujeto. La voz es aquello de lo cual el sujeto no puede dudar por más insonora que sea. Lacan hace de esta voz insonora uno de los estatutos del objeto pequeño a. Otro ejemplo que pone para argumentar lo insonoro de la voz y la presencia de un elemento significante en la alucinación, son las alucinaciones verbales psicomotrices, donde el sujeto articula él mismo una frase y la experimenta como ajena, como una alucinación extraña que carece de sentido.
Todos estos casos comparten la estructura del automatismo mental, en tanto se trata de la irrupción de una voz que adquiere el carácter xenopático, pues no es el sujeto que lo dice, sino otra persona. Como afirma Lacan, “aquello rechazado en lo simbólico reaparece en lo real de la alucinación”. Por consiguiente, en el desencadenamiento psicótico la voz puede aparecer como un elemento que, en un primer momento, fue elidido y que después reaparece en lo real de la alucinación.
En el caso Marrana, irrumpe una palabra bajo el formato de la alucinación auditiva que deja al sujeto en un estado de perplejidad. Después, ella misma afirmará que fue su vecino quien le profirió esta injuria. Lo interesante es que este “Marrana” es, en realidad, su propio pensamiento. Lacan le pregunta en la entrevista qué estaba pensando antes de toparse con este vecino, y ella responde “Cerdo”. Entonces, ¿quién dijo primero “Marrana”? Hay una indeterminación de las voces.
En “De una cuestión preliminar…”, afirma que el pensamiento de ser “Marrana”, “Cerdo”, es propio de la paciente, solo que se encuentra excluido de lo simbólico. Por consiguiente, “en el lugar donde el objeto indecible es rechazado en lo real, se deja oír una palabra”[68] en la alucinación. La palabra “Marrana” ha sido transferida a lo real. Lo esencial de la alucinación “Marrana” es la alusión, está dirigido a ella, es algo que solo a ella le concierne.
En “De una cuestión preliminar…”, Lacan complementa su análisis al retomar el término shifter de Jakobson. El shifter es una partícula en el discurso que dicha sola no permite establecer una ubicación temporo- espacial, tampoco el sujeto de la oración. En el ejemplo de “Marrana” la paciente dice: “vengo del fiambrero”, y Lacan considera que esta es una frase indeterminada en la medida que cuando se pregunta “¿quién es yo?”, se presenta la indeterminación. De este modo el “yo” es el shifter de la oración.
[yo] “Vengo del fiambrero”
Dice Lacan: “Para nuestro fin presente basta con que la enferma haya confesado que la frase era alusiva, sin que pueda con todo mostrar otra cosa sino perplejidad”. La experiencia enigmática llegó a su fin, una vez pasada la pausa, con la aparición de la palabra “marrana”, y posteriormente con la certeza de que el vecino fue quien le dijo “Marrana”.
Ordenemos:
1. Pensamiento: “Cerdo”, “Marrana”
2. Shifter: [Yo]“Vengo del fiambrero”
3. Tendría que haber una atribución subjetiva; pero en su lugar viene la Perplejidad
4. Alucinación: “Marrana”.
5. Significación personal: él me dijo “Marrana”
Tendlarz explica muy bien esto al decir: “es como si yo dijera “vengo del fiambrero” y luego dijera que acabo de escuchar “vengo del fiambrero”; ustedes me van a decir que yo misma lo dije y ahí es cuando yo digo “no”. Esa misma frase que ellos articulan es experimentada como ajena, como una alucinación y con un efecto de sinsentido”.[69]
La experiencia enigmática, cuyo correlato subjetivo es la perplejidad, hace referencia a la emergencia de un S1 solo por fuera de sentido. En algunos casos, no en todos, puede ocurrir que el sujeto se ve compelido a buscar un sentido, encontrando allí el fenómeno de certeza, significación personal plena de sentido. Dice Lacan: “se trata de hecho de un efecto del significante, por cuanto su grado de certidumbre (grado segundo: significación de significación) Toma un peso proporcional al vacío enigmático que se presenta primeramente en el lugar de la significación misma”.[70]
Tenemos entonces una secuencia temporal similar a la planteada por la psiquiatría cuando habla del inicio de la psicosis: un primer tiempo donde es el vacío enigmático de significación, pieza suelta en el discurso que remite a la “experiencia enigmática”; y un segundo tiempo donde tenemos la significación de significación. Esto es la certeza.
Tiempo 1. Experiencia enigmática. Fenómeno elemental. Indeterminación de las voces. Vacío de significación.
Tiempo 2. Certeza. Significación personal. Significación plena
La locura de todo el mundo
Lo que el automatismo mental nos enseña en relación a la locura de todo el mundo es aquello que Lacan señala, a propósito del caso Joyce, de que el loco parece estar advertido que es influenciable y hablado por otro, aspecto que los pretendidos “normales” tienen la ilusión de ser ellos quienes hablan. Dice Lacan: “Se trata más bien de saber por qué un hombre normal, llamado normal, no percibe que la palabra es la forma de cáncer que aqueja al ser humano. ¿Cómo hay quienes llegan a sentirlo? Ciertamente Joyce nos permite conjeturar algo”.[71]
El automatismo mental, término acuñado a De Clérambault, “es una enunciación independiente”,[72] un discurso paralelo, autónomo, extranjero, que parasita al sujeto y lo atraviesa. Esta parasitación no es en sí una patología […] Es la manifestación del Otro del lenguaje que es propia a lo humano como tal”. La diferencia radica en que el psicótico testimonia de la presencia extranjera de ese Otro que habla a través de él, de esos fenómenos xenopáticos de intrusión. En cambio, “el neurótico desconoce el hecho de que el Otro habla en él, y mantiene la ilusión de que es él el que habla, salvo que reconozca el inconsciente".
Concluyo entonces esta clase con un llamado a la prudencia, la mejor aliada del analista practicante, y leer con lupa, sin pausa, pero sin prisa, el texto del decir del paciente.
LO QUE LA PSICOSIS PARANOICA ENSEÑA AL PSICOANÁLISIS*
VIVIANA BERGER**
Introducción
Antes de adentrarnos en nuestro tema de trabajo del día de hoy, quisiera agradecer, especialmente, a Gladys Martínez por la invitación que me hizo llegar para participar con ustedes en esta clase del Programa de Estudio sobre las Psicosis (PEP) de la NEL-Cali, que este semestre convoca bajo la rúbrica “La nobleza de la paranoia” – por cierto, un tema capital en el estudio de las psicosis y, además, muy oportuno, en vistas al próximo Congreso de la AMP 2024. Gracias por la invitación y gracias por el interés en el tema de la psicosis.
Entiendo que ustedes ya llevan recorrido de la mano de los miembros de la sección, al menos medio tramo, por lo cual me cerniré al eje que me indicaron, que tiene que ver con las enseñanzas de la psicosis paranoica. Sin embargo -si me permiten- haré un pequeño desplazamiento: más que lo que la psicosis paranoica enseña al psicoanálisis, me inspiraré, en todo caso, en lo que la psicosis paranoica me enseñó a mí en tanto practicante, tomaré como referencia lo que aprendí de mi clínica a partir de los obstáculos con los que me topé, en particular, en la transferencia -porque como ustedes saben, la particularidad de la clínica psicoanalítica es que es una clínica bajo transferencia. En este sentido, la psicosis paranoica, nos presenta grandes desafíos.
La agresividad y la transferencia
Como ustedes habrán estudiado, hoy día, a partir de la enseñanza de Lacan, reconocemos que en las psicosis hay transferencia – de hecho, la Conversación Clínica del Seminario del INES del 2021, llevó por tema ¿Qué transferencia en la psicosis? –de paso, les recomiendo la edición de los Cuadernos del INES 16, que es la publicación que recoge los trabajos de cada seminario del INES donde pueden encontrar los textos que se presentaron y los debates que tuvieron lugar durante las conversaciones, para los que están interesados en trabajar el tema con más profundidad.
Vale la pena recordar que Freud desaconsejaba el tratamiento analítico para pacientes psicóticos porque consideraba que el sujeto psicótico era incapaz de establecer los lazos transferenciales necesarios para hacer un análisis, principalmente a causa de su narcisismo. Por ejemplo, en la segunda nosología, recuerden que él opone las Neurosis de transferencia (Histeria, obsesión y fobias) a las Neurosis narcisistas (Paranoia, Esquizofrenia y Melancolía) tomando a la transferencia como el referente clínico y conceptual que determina cuáles son los cuadros que quedan dentro y cuáles quedarían fuera del campo del análisis. Es Lacan quien indica no retroceder ante la psicosis, dedicándose desde los inicios de su enseñanza a su investigación.
Habrán escuchado decir que las neurosis son a Freud lo que las psicosis son a Lacan, siendo el Autismo la clínica de la última enseñanza. Contamos desde muy temprano con todo un seminario consagrado por Lacan al estudio de esta estructura –“El Seminario, Libro 3 Las psicosis” que data de 1955 - aunque ya en 1932, Lacan dedicaba su tesis doctoral al caso Aimée proponiendo como novedad el cuadro de una paranoia de autopunición. Otro texto clave para el estudio de la paranoia es el escrito sobre “La agresividad en psicoanálisis (1948), al cual hace unos años también dedicamos para su elucidación un seminario del INES –trabajo que está publicado en los Cuadernos del INES 15.[73]
Para Lacan, el fundamento de la agresividad es lo que él va a llamar la “identificación narcisista” y “la estructura del yo”, que va a reconocer como netamente paranoica.[74] Agresividad, yo y paranoia van de la mano. Lacan sostiene que la estructura del yo es paranoica porque el otro le presenta al sujeto una unidad gestáltica donde él puede organizarse, le provee una integridad, pero sostenida en una dimensión imaginaria que tiende a la disputa y rivalización, a la competencia con ese otro sobre el cual sostiene su propia imagen y que, a su vez, admira.
Lacan va a hablar del “estadio del espejo” y va a presentarlo como “la paranoia original del hombre”. Es el hombre fundamentalmente dividido por el semejante de tal modo que se siente agredido o agresor con respecto al otro y con respecto a sí mismo. De tal manera, Lacan formula que la paranoia está vinculada al corazón del yo humano. La intención primordial es agredir. Pero esto no es absoluto, no es completamente, en la medida en que se inserta, también, con el deseo, un ordenamiento simbólico de esa relación imaginaria, hay también una intención de decir al otro, y esto supone un cierto reconocimiento del otro. Lacan demuestra que el nivel fundamental de esta relación es la agresión, pero obviamente, existen recursos que la derivan, como la sublimación, el reconocimiento del otro; que la ordenan, como el Edipo, la identificación al padre, al Otro de la ley, la instauración del sentimiento de culpa, que llevan al sujeto a renunciar a estas inclinaciones agresivas, desplazarlas, etc., articulando el deseo a la ley.
Entonces, el sujeto como sujeto de deseo se constituye a partir del Otro en una situación de rivalidad primordial que Lacan enlazó con el conocimiento paranoico. Por eso va a decir que la paranoia es noble, es el estado nativo del sujeto, el estado original del sujeto.
Bueno, entonces, bajo estas coordenadas, estarían claras las dificultades básicas de la transferencia en la psicosis, y especialmente en la paranoia, que requieren del analista una atención tan especial. Esta atención especial no está solo en relación a cierta alerta, cierta advertencia respecto de las maniobras clínicas y la posición desde la cual nos ubicamos o quizás, mejor dicho, que la estructura nos prescribe y desde la cual maniobramos, sino también, y –diría- más aún que en otras estructuras, la disposición a soportar ese real de agresividad tan denso, tan imposible de soportar, al que nos convoca la clínica. Tal como indica Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder”: el analista paga con sus palabras, con su persona: en tanto “diga lo que diga, la presta como soporte a los fenómenos singulares que el análisis ha descubierto en la transferencia”.[75]
La transferencia erotómana
¿Por qué la dificultad transferencial es mayor en la paranoia que en los casos de transferencia negativa o cuando, como dice Freud, la transferencia se vuelve obstáculo? Porque, finalmente, en cualquier vínculo transferencial puede producirse este desplazamiento del amor al goce, con sus consecuencias en la transferencia erotomaníaca –este desplazamiento no es exclusivo de la paranoia.
Básicamente, diría que como en la psicosis el mecanismo de funcionamiento psíquico es la forclusión –como lo plantea Lacan-, es decir, el rechazo de lo que llamamos el Nombre del Padre, no contamos con la inscripción de esta función en la estructura, entonces, ello implica que aquello que está forcluido en el interior vuelve desde el exterior. Lacan toma esta idea de Freud, quien planteaba para la paranoia el mecanismo de la proyección (voy a retomar este punto más adelante), cito: “En la paranoia este proceso se cumple por el camino de la proyección. No era correcto decir que la sensación interiormente sofocada es proyectada hacia fuera; más bien, inteligimos que lo cancelado adentro retorna desde afuera”.[76] Con esta clave podemos comprender por qué, entonces, la imputación del amor o del odio a un Otro cobra una virulencia especialmente inusitada y por qué la tendencia de la transferencia, por la intensidad de los afectos y, sobre todo, por esta condición de retorno de lo forcluido desde el exterior, se inclina hacia la erotomanía y la persecución.
La referencia freudiana es el caso del presidente Schreber (“Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente” 1911), donde Freud encuentra la erotomanía en un hombre y teoriza la idea de un deseo homosexual inconsciente que lo lleva a una práctica transexualista delirante. Cito:
Tenemos que situar la especificidad de la paranoia (o de la demencia paranoide) en algo diverso: en la particular forma de manifestarse los síntomas; y nuestra expectativa no consistirá en imputarla a los complejos, sino al mecanismo de la formación del síntoma o al de la represión. Diríamos que el carácter paranoico reside en que para defenderse de una fantasía de deseo homosexual se reacciona, precisamente, con un delirio de persecución de esa clase. Tanto más sustantivo es que la experiencia nos alerta para atribuir a la fantasía de deseo homosexual, justamente, un vínculo más íntimo, quizás constante, con la forma de la enfermedad.[77]
Lacan modificará la interpretación de Freud subrayando que, si el sujeto experimenta la amenaza del Otro de ser penetrado, es sobre todo cuando la libido se pone en el lugar del amor, es decir, cuando se pasa del amor al goce. La fórmula: “Él me ama” se transforma en “Él quiere gozar de mí”, lo que acaba por equivaler a “Él quiere destruirme”. El goce sin límites es desplazado hacia el Otro, y cuando ese Otro es el analista, entonces, estamos ante la erotomanía de la transferencia –ejemplo que muy bien enseña la relación de Schreber con Flechsig.
El sujeto paranoico siempre se presenta como inocente, es una víctima inocente –la inocencia en la paranoia es radical, el Otro tiene la culpa de todo, el Otro es El Malvado –se trata de un Otro absolutamente consistente- cuyos manejos el paranoico denunciará activa e incansablemente.
La proyección
Freud dirá que en la formación de síntomas de la paranoia llama la atención, sobre todo, “el rasgo que merece el título de proyección. Una percepción interna es sofocada, y como sustituto de ella adviene a la conciencia su contenido, luego de experimentar cierta desfiguración, como una percepción de afuera. En el delirio de persecución, la desfiguración consiste en una mudanza de afecto; lo que estaba destinado a ser sentido adentro como amor es percibido como odio de afuera”.[78]
Entonces, si para Freud de lo que se trata es de la defensa ante una fantasía de deseo homosexual, explicará que todas las formas consabidas de la paranoia pueden figurarse a través del mecanismo de proyección como unas contradicciones a la frase Yo (un varón) lo amo (a un varón). Los invito a leerlas en la pág. 58.
- El delirio de persecución: Yo no lo amo –pues yo lo odio.
El sentimiento interno es sustituido por una percepción proveniente desde afuera, por lo cual la frase Yo lo odio se muda en Él me odia (me persigue), lo cual luego me justifica para odiarlo.
- La erotomanía: Yo no lo amo – pues yo la amo – que se invierte en Ella me ama. El ser amado viene desde afuera.
- El delirio de celos: No yo amo al varón, es ella quien lo ama.
Es muy interesante cómo puede notarse la diferencia entre construir un fantasma y la certeza del pensamiento atormentador donde se aloja y localiza el goce amenazante. No se trata de una ficción sino de una experiencia real que deja al sujeto en posición de objeto de goce del Otro, sin discurso que mediatice esa relación, como ocurre en el caso del neurótico que transforma la pulsión en Demanda.
Viñeta
Si había alguna duda, la estructura se despejó ante el surgimiento de algunas voces: “Tú no tienes estudios”, “Tú no estás capacitada”, así como una constante sensación de suspicacia en relación al Otro “que nunca se me quita”. Desde la enseñanza de Lacan aquello que tienen en común las distintas presentaciones de las psicosis son ciertos fenómenos elementales, fenómenos mínimos que verifican la estructura ya que muestran de manera permanente la relación del sujeto con el significante y el goce. El mundo en su totalidad le era hostil, salvo un ex - jefe bastante mayor, que resultaba el único lazo que sobrevivía a la sospecha y hostilidad generalizada.
Cabe aclarar que la transferencia con la analista no era del orden del Sujeto Supuesto Saber. No se registran indicios de división subjetiva ni hay asociación libre a nivel del significante, el discurso no abandona los carriles del sentido y trabaja todo el tiempo en la construcción de un saber explicativo, que resulta un poco agarrotado, a través del cual sostiene una elaboración para intentar comprender ese goce enigmático y encontrarle alguna significación.
En el fondo, ella sabe. Se trata de su saber conectado al goce, de la certeza de saber que el Otro goza de ella. Es en este punto delicado del lazo que el analista debe cuidarse y sustraerse todo el tiempo de caer en el lugar del Otro gozador, haciendo nacer otro tipo de relación a partir de las verdades del sujeto. El analista como destinatario activo de su palabra acompañará al sujeto a hallar la lógica que le permita contrarrestar el goce que lo amenaza, escandiendo y extrayendo una lógica de sus dichos y evitando la expansión delirante, pero, a su vez, respondiendo desde un lugar que afirma cada vez, No soy el Otro.
Durante los primeros tiempos, el esfuerzo del tratamiento de lo real a partir del trabajo realizado en el dispositivo propició la construcción de un mundo más soportable, la conservación de vínculos amistosos, la estabilidad y el desarrollo laboral... hasta que apareció el amor. En el caso de la paranoia, el amor resulta un terreno de cierto riesgo ya que, como venimos desarrollando, los sentimientos amorosos no pueden separase de sus lazos con las pulsiones y el sujeto puede verse empujado a una grave alteración de la libido -oportunidad para que fácilmente surja la figura de un Otro movido por una voluntad de goce. Esto significa que el sujeto tiene la certeza de que el objeto fue el primero que comenzó, es decir, que el Otro tomó la iniciativa. En este caso, tomó la forma de un delirio de celos: “No son mis celos. Es ella la que no está pudiendo procesar esta situación” –dirá. Invadida por fantasías e impulsos impositivos, el goce tomó la posta.
Sabemos que cuando el Otro se introduce en lo real para dirigirle mensajes al sujeto, ese retorno de lo real puede dar comienzo al trabajo de la psicosis. La respuesta delirante es una manera de trabajar ese real, de fijar algunos significantes inaugurando un espacio de significaciones que le permita al sujeto localizar su goce. Entiendo que la dificultad con la paranoia es cuando la cuestión persecutoria no se logra administrar, cuando no se termina de ligar al significante el goce deslocalizado, sin sentido, y termina con la destrucción del Otro, o la destrucción del propio sujeto. La analista dócil, se mantuvo operando con "sumisión completa, aun cuando sea enterada, a las posiciones propiamente subjetivas del enfermo" –como lo indicaba Lacan-, sosteniendo una posición de semblante para intentar sostener al sujeto en la palabra, desalojarlo del lugar de objeto gozado, reorientando el goce.
La “docilidad” del analista no significa dejar que el goce comande, no significa tampoco no hacer nada, limitarnos a tomar notas. A mi modo de ver, implica maniobrar desde el semblante, sorteando la tensión imaginaria, sostener el valor de la referencia a la palabra, la existencia de un lugar simbólico que señale en dirección a una estabilización, alojar el desarrollo de una metáfora delirante, convocar persistentemente al sujeto a la verbalización, para acompañarlo en una reconstrucción de un discurso del que somos sus instrumentos. En la medida en que el goce está prohibido para quien habla, se puede constituir poco a poco una interdicción que hará barrera al goce y que ocupará el lugar de la barrera del rombo que no hay entre el sujeto y el a. Se obtiene por este hecho en sí una temperancia del goce. Hablar moviliza la significación. A partir del momento en que el psicótico se compromete en la alienación de la metonimia significante, se efectúa un giro al inconsciente que el sujeto psicótico retira de sus fondos de goce, apostando a que la parte del goce que se presta a ellos, alcance alguna simbolización.
Ahora bien, soportar en la transferencia el real de la estructura, cuando ello se presenta sin la mediación de la palabra, resulta una prueba densa para el analista quien, obviamente, deberá suprimir toda contratransferencia en su acto en beneficio del deseo del analista.
Hace unos días en un control, una practicante supervisaba un caso de psicosis con un diagnóstico de psicosis esquizo-paranoide, manifestando que se sentía agredida, se reconocía demasiado enojada, porque el paciente se había desestabilizado y se encontraba al borde de un desencadenamiento después de tantos años de trabajo y esfuerzo por parte de todos los profesionales de la comunidad terapéutica. Además, ella había entrado en la cadena persecutoria del sujeto y no podía intervenir en nada porque todo era leído malignamente. A lo largo del relato, se refería al paciente como “el huésped”. Interrogada al respecto, me comenta que así se refieren a las personas que están internadas en la comunidad, que nombran como “casa de huéspedes”. Me pareció importante señalar este punto: no es lo mismo cuando escuchamos al sujeto, cuando tratamos a un paciente, que si ¡recibimos huéspedes!
La pista para sortear estos obstáculos es volver a ubicar las coordenadas analíticas y orientarse por lo que en cada caso encontramos de inusual, a pesar de lo que los casos del mismo tipo comparten en común. En este caso que les menciono, el paciente se había inventado una “identidad” como escritor, comparándose con Carlos Fuentes y Octavio Paz. Incluso, recientemente escribió un libro que se presentó en la comunidad. También atesora libros que le regala su madre, que lee con detalle y concentración. Entonces, las líneas de intervención para intentar detener el avance del goce y atajar un desencadenamiento más crítico podrían orientarse a partir de estos recursos propiamente originales del sujeto, en diálogo con su singularidad. Es a partir de estos criterios que el psicoanálisis aspira a operar una transformación en la economía de goce del sujeto para lograr alguna re-inserción en el discurso.
Finalmente, les comparto un comentario de Philippe Hellebois durante la Conversación sobre La psicosis ordinaria:
Al final de su enseñanza, a propósito de la transferencia, Lacan podía definir el discurso como un decir que se corre (se-court). Jacques-Alain Miller escribió en un artículo de Mental que, si se considera la transferencia en esa perspectiva, ese decir, que socorre (secourt), puede tener varias funciones: ya sea estrechar lazos, el anudamiento del significante frente al goce, abrocharlo cuando no lo está suficientemente o, por el contrario, separarlo cuando lo está demasiado. Esta oposición es válida en el caso por caso, y es transestructural. Se puede pensar que en un delirio paranoico hay que aflojar las cosas, y hacer lo contrario, en la esquizofrenia.[79]
* Texto presentado en el ciclo de Conferencias Introductorias: ¿Qué es el síntoma en la práctica analítica?, dictadas como preámbulo al Encuentro Clínico 2024: El síntoma, brújula en la práctica analítica.
** Psicoanalista en Cali, Colombia. Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
[1] Miller, J-A., “Leer un síntoma”, Revista Lacaniana de Psicoanálisis, No.12, 2012, p. 9.
[2] Freud, S., “El sentido del síntoma” (1917), Obras completas, Tomo XVI, Buenos Aires, Amorrortu editores, 2000, p. 247.
[3] Freud, S., “Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos” (1893), Obras Completas, Tomo III, Buenos Aires, Amorrortu editores, 2000, p. 31.
[4] Caso freudiano publicado en: Freud, S., “Proyecto de una psicología para neurólogos” (1893), Obras Completas, Tomo I, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2001.
[5] Delgado, O., Lecturas freudianas 1, Buenos Aires, UNSAM edita, 2012, p. 29.
[6] Freud, S., “Manuscrito K” (1896), Obras Completas, Tomo I,Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2001, pp. 262-263.
[7] Delgado, O., óp. cit., p. 72.
[8] Freud, S., “Conferencia 23. Caminos de la formación del síntoma”, Obras Completas, Tomo XVI, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2000, p. 200.
[9] Delgado, O., óp. cit., p. 93.
[10] Freud, S., “Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad” (1908), Obras Completas, Tomo IX, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2000, p. 145.
[11] Pessoa, N., “Cómo leer un síntoma”, El Campo Uniano, Buenos Aires, Grama ediciones, 2023, p. 104.
[12] Miller, J-A., “Leer un síntoma”, óp. cit., p. 14.
[13] Ibíd.
[14] Pessoa, N., “Cómo leer un síntoma”, óp. cit., p. 106.
[15] Ibíd.
[16] Ibíd., p. 107.
[17] Tarrab, M., “Una práctica que ya no es de Freud”, Leer y escribir en psicoanálisis. puntuaciones Millerianas, Buenos Aires, Grama ediciones, 2022, p. 20.
[18] Pessoa, N., “Cómo leer un síntoma”, óp. cit., p. 105.
* Texto presentado en el ciclo de Conferencias Introductorias: ¿Qué es el síntoma en la práctica analítica?, dictadas como preámbulo al Encuentro Clínico 2024: El síntoma, brújula en la práctica analítica.
** Psicoanalista en Cali, Colombia. Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
[19] Lacan, J., (1975), Conferencia en Ginebra sobre el síntoma, en Intervenciones y textos 2 , Editorial Manantial, Buenos Aires, 2006, p. 126.
[20] Miller, J.-A., “La operación reducción”, El partenaire-síntoma, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 345.
[21] Ibíd., p. 350.
[22] Ibíd., p. 357.
[23] Ibíd., p. 359.
[24] Ibíd., p. 384.
* Texto presentado en la Mesa epistémica del Encuentro Clínico “El síntoma, brújula en la práctica analítica”, el 16 de marzo de 2024.
** Asociada a la NEL-Cali.
[25] Freud, S., (1916), “23ª Conferencia. Los caminos de la formación del síntoma”, Obras completas,Tomo XVI, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1976, p.340.
[26] Freud, S., (1916), “17 Conferencia. El sentido de los síntomas”, Obras completas, Tomo XVI, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1976, p.235-249.
[27] óp. cit., p. 255.
[28] Freud, S., (1916), “18ª Conferencia. La fijación al trauma, lo inconsciente”, Obras completas, Tomo XVI, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1976, p.261.
[29] Freud, S., (1937), “Análisis terminable e interminable”, Obras completas de Sigmund Freud, Tomo XXIII, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1991. p 211- 254.
* Texto presentado en la Mesa epistémica del Encuentro clínico “El síntoma, brújula en la práctica analítica”, el 16 de marzo de 2024.
** Miembro bajo condiciones de la Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano (NEL), Cali, Colombia.
[30] Alberti, C, “Dos preguntas para Christiane Alberti por Corinne Rezki”, Psicoanálisis Lacaniano, 30 de Enero de 2025, https://psicoanalisislacaniano.com/2024/02/04/crezki-2-preguntas-calberti-20240204/
[31] Lacan, J., (1975). “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, Intervenciones y textos 2, Buenos Aires, Manantial, 1975, p. 125.
[32] Berenguer., E., “Conferencia de Lacan en Ginebra sobre el síntoma”, Cuadernos del INES, No. 13, Buenos Aires, Grama Ediciones, 2018, pp. 19-59.
[33] Ibíd.
[34] Ibíd.
[35] Lacan, J., “Conferencia de Lacan en Ginebra sobre el síntoma”, óp cit., p. 128.
[36] Ibíd.
[37] Cora, M. E., “Forclusión generalizada y lo intraducible”, Scilicet: Todo el mundo es loco, Buenos Aires, Grama Ediciones, 2024, p. 38.
[38] Miller, J.A., “Leer un síntoma”, Revista Enlaces, 2024, [En línea] https://revistaenlaces.com.ar/archivos/enlaces_y/la_escuela/Leer_un_sintoma-J_A_Miller.pdf
[39] Ibíd.
[40] Ibíd.
[41] Ibíd.
[42] Ibíd.
* Clase del Programa de Estudios sobre las Psicosis, PEP 2023. “La Nobleza de la Paranoia”, del 20 de septiembre de 2023.
** Psicoanalista en Cali, Colombia. Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
[43] Miller, J.-A., Cuando el Otro es malo…, Buenos Aires, Paidós, 2011, p. 75.
[44] Caroz, G.,“El grado cero de la locura”, Argumento del XIV Congreso de la AMP Todo el mundo es loco, 2024, [En línea], https://congresamp2024.world/es/el-grado-cero-de-la-locura/.
[45] Ibíd.
[46] Ibíd.
[47] Miller, J.A., Cuando el Otro es malo…, óp cit., p. 76.
[48] Godoy, C., La huella clínica de la psicosis, Buenos Aires, UNSAM edita. Serie Tyché, 2020, pp. 16-17.
[49] Goroztiza, L., “Una práctica que ya no es la de Freud”, Leer y escribir en psicoanálisis: puntuaciones millerianas, Buenos Aires, Grama Ediciones, 2022.
[50] Godoy, C., La huella clínica de la psicosis, óp. cit.,p. 29.
[51] Lacan, J. De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, Buenos Aires, Siglo XXI editores, 1976, p. 269.
[52] Gallo, H., Presentación clínica en la NEL-Cali, inédito.
[53] Álvarez, J.M., “Los fenómenos elementales de la psicosis”, Estudios sobre la psicosis, Buenos Aires, Xoroi Ediciones. 2013, p. 113.
[54] Ibíd., p. 114.
[55] Lacan, J., (1973- 1974), El seminario, Libro 3, Las Psicosis, Buenos Aires, Ed. Paidós, 2002, p.289.
[56] Millas, D., El psicoanálisis pensado desde la psicosis, Buenos Aires, Grama Ediciones, 2015, p.44.
[57] Mazzuca, R., “Fenómenos elementales”, Elaboraciones lacanianas sobre la psicosis, Buenos Aires, Grama ediciones, 2014, p. 66.
[58] Ibíd., p. 69.
[59] Ibíd., p. 71.
[60] Millas, D., El psicoanálisis pensado desde la psicosis… óp. cit., p.17.
[61] Tendlarz, S., “Las alucinaciones y la significación personal”, Psicosis. Lo clásico y lo nuevo., Buenos Aires, Grama ediciones, 2009, p. 108.
[62] Miller, J-A., El método psicoanalítico, Buenos Aires, Ed. Paidós, 2001, p. 24.
[63] Ibíd.
[64] Ibíd.
[65] Ibíd.
[66] Millas, D., El psicoanálisis pensado desde la psicosis…, óp. cit., p. 19.
[67] Ibíd., p. 20.
[68] Lacan, J., (1958), “De una cuestión preliminar a un tratamiento posible de la psicosis”, Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2005, p. 517.
[69] Tendlarz, S., “Las alucinaciones y la significación personal …”, óp.cit.,p. 100.
[70] Lacan, J., “De una cuestión preliminar…”, óp.cit.,p.520.
[71] Lacan, J., (1975- 1976), El seminario, Libro 23, El Sinthome, Buenos Aires, Paidós, p. 93.
[72] Miller J.-A., “La paranoia, relación primaria con el otro”, The Lacanian Review, nº10, 2020, p. 56-90. Citado por Caroz, G.,” El grado cero de la locura, Argumento del XIV Congreso de la AMP”, 2024, [En línea], https://congresamp2024.world/es/el-grado-cero-de-la-locura/#_ftn11
* * Clase del Programa de Estudios sobre las Psicosis, PEP, “La nobleza de la paranoia” del 22 de noviembre de 2023, dictada virtualmente desde la Ciudad de México.
** Psicoanalista en Ciudad de México, México. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
[73] Instituto Nueva Escuela, Cuadernos del INES, No. 15, Lacan y la agresividad, Buenos Aires, Grama editores, 2022.
[74] Lacan, J., La agresividad en psicoanálisis, Escritos I, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2003, pp. 107-127
[75] Lacan, J., “La dirección de la cura”, Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI editores, 2003, p. 567.
[76] Freud, S., “Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente”, Obras Completas, Tomo XII, Buenos Aires, Amorrortu editores, p. 66.
[77] Ibíd., p. 55.
[78] Ibíd., p. 61.
[79] Miller, J.-A., “Del psicótico al analista”, Las psicosis ordinarias, Buenos Aires, Editorial Paidós, pp. 310-311.